Roma, febrero 2015
Me acerqué a mi mesa, me puse el abrigo que marcaba
mis nuevas curvas abultadas y metí la mano en el bolsillo. Un lápiz labial,
algo de dinero, el sonido de unas llaves. Parece que vine sola pensé mientras
salía y una brisa fría me calaba los huesos; el faraón se presenta a mi lado
después de una corrida '¿me llevás Antonia?', 'claro', respondí. Apreté el
botoncito de la alarma para descubrir cuál era mi auto, y me fui tarareando
bajito una melodía ridícula, que, inexplicablemente, segundo a segundo, me iba
reconfortando.
***
Martes tres de la
madrugada, carnaval de invierno. El panorama era grotesco. Un salón de
dimensiones exorbitantes completamente revestido en mármol; luces como
acuarelas rojas, sonaba una musiquita electrotangueada. Las máscaras
centelleaban en la pista, unas alas de ángel pretendían cierta sensualidad
destartalada colgando de un piernas largas de tragedia; a la endiablada se le
enredaba la cola mientras serpenteaba alrededor de un leopardo que la miraba
con la boca abierta; la señora del sombrero puntiagudo tentaba torsiones
imposibles a costa del trastabilleo de su compañero; el antifaz al que le
colgaban las plumas estiraba la pierna enfundada en brillos y la cabeza hacia
atrás; los cuerpos se movían torpemente y sin embargo gesticulaban grandes
sonrisas de gozo exagerado.
Tímida y desapercibida me
senté a esperar a mis acompañantes, acomodándome en una mesa de la escena
mental en que me había sumergido, hasta que se acercó un fantasma,
transparente, sin rostro, extendiendo su derecha en reverencia. Estaba agotada
de los festejos, sin embargo me levanté. Su abrazo era una caverna fría, su
pecho una hoguera pequeña en la oscuridad. Y me dejé llevar. Bailamos en medio
de un bosque tenebroso, rodeados de altos árboles estirados a un cielo
mortuorio de luna azul rasguñada por las nubes. Los tacos se hundían entre las
piedras, se enredaban en la húmeda hierba crecida. El viento silbaba acordes
disonantes. Me aferré a la tibieza del pecho en un último intento de conectar y
me quedé quieta.
El fantasma había
desaparecido, me dejó en un ángulo obscuro de cortinados negros; la serpiente y
el faraón pasaron a mi lado sin mirarme. Y ahí me vi, sentada en mi mesa,
desapercibida, con mis amigos al alrededor. La yo sentada me miró sonriendo.
Estaba aturdida. De
pronto 'yo', estaba 'allá'. Temblé; sentí la sangre helada, las extremidades
entumecidas y un fuego que se intensificaba en el pecho.
'Ultima tanda', se
escuchó. Caí en cuenta y entré en pánico; mi cuerpo y el de mis amigos
caminaban hacia la salida. Vi la retirada de la que había sido mi espalda.
Quedaban pequeños islotes de personas poniéndose sus abrigos.
Divisé una mujer joven,
regordeta en un rincón; me apresuré a pararme en frente de ella y le extendí la
mano en reverencia sin decir palabras. '¡Qué frío!' murmuró a mi oído cuando
inició la música que se fundía lentamente en el soplido de acordes disonantes.