Milonga de Carnaval -Relatos-

Roma, febrero 2015 

Martes tres de la madrugada, carnaval de invierno. El panorama era grotesco. Un salón de dimensiones exorbitantes completamente revestido en mármol; luces como acuarelas rojas, sonaba una musiquita electrotangueada. Las máscaras centelleaban en la pista, unas alas de ángel pretendían cierta sensualidad destartalada colgando de un piernas largas de tragedia; a la endiablada se le enredaba la cola mientras serpenteaba alrededor de un leopardo que la miraba con la boca abierta; la señora del sombrero puntiagudo tentaba torsiones imposibles a costa del trastabilleo de su compañero; el antifaz al que le colgaban las plumas estiraba la pierna enfundada en brillos y la cabeza hacia atrás; los cuerpos se movían torpemente y sin embargo gesticulaban grandes sonrisas de gozo exagerado. 
Tímida y desapercibida me senté a esperar a mis acompañantes, acomodándome en una mesa de la escena mental en que me había sumergido, hasta que se acercó un fantasma, transparente, sin rostro, extendiendo su derecha en reverencia. Estaba agotada de los festejos, sin embargo me levanté. Su abrazo era una caverna fría, su pecho una hoguera pequeña en la oscuridad. Y me dejé llevar. Bailamos en medio de un bosque tenebroso, rodeados de altos árboles estirados a un cielo mortuorio de luna azul rasguñada por las nubes. Los tacos se hundían entre las piedras, se enredaban en la húmeda hierba crecida. El viento silbaba acordes disonantes. Me aferré a la tibieza del pecho en un último intento de conectar y me quedé quieta.
El fantasma había desaparecido, me dejó en un ángulo obscuro de cortinados negros; la serpiente y el faraón pasaron a mi lado sin mirarme. Y ahí me vi, sentada en mi mesa, desapercibida, con mis amigos al alrededor. La yo sentada me miró sonriendo.

Estaba aturdida. De pronto 'yo', estaba 'allá'. Temblé; sentí la sangre helada, las extremidades entumecidas y un fuego que se intensificaba en el pecho.

'Ultima tanda', se escuchó. Caí en cuenta y entré en pánico; mi cuerpo y el de mis amigos caminaban hacia la salida. Vi la retirada de la que había sido mi espalda. Quedaban pequeños islotes de personas poniéndose sus abrigos.
Divisé una mujer joven, regordeta en un rincón; me apresuré a pararme en frente de ella y le extendí la mano en reverencia sin decir palabras. '¡Qué frío!' murmuró a mi oído cuando inició la música que se fundía lentamente en el soplido de acordes disonantes.


Me acerqué a mi mesa, me puse el abrigo que marcaba mis nuevas curvas abultadas y metí la mano en el bolsillo. Un lápiz labial, algo de dinero, el sonido de unas llaves. Parece que vine sola pensé mientras salía y una brisa fría me calaba los huesos; el faraón se presenta a mi lado después de una corrida '¿me llevás Antonia?', 'claro', respondí. Apreté el botoncito de la alarma para descubrir cuál era mi auto, y me fui tarareando bajito una melodía ridícula, que, inexplicablemente, segundo a segundo, me iba reconfortando. 

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