De cómo dimos con esta milonga, es una historia fácil. Antes de salir de
Buenos Aires escribimos a varios grupos de Facebook con temática tanguera, y
nos respondió Juan, en perfecto castellano porteño, porque nació en Argentina.
De cómo llegamos... es otro cantar.
Salimos al mediodía de Ostia, tomamos un tren hasta Pirámide (1) y ahí nos dividimos; Iván se fue por su cuenta a recorrer la ciudad y yo seguí camino a Piazza del Popolo (2) a encontrarme con un amigo que no veo desde hace 10 años que, entre otras cosas, es amante apasionado de la historia de la ciudad eterna en la que nació.
Iván rápidamente comprendió que las crestas del Coliseo no se ven desde
todos los puntos de la ciudad, y que si querés salir sin mapa en un lugar
desconocido del mundo y sin saber el idioma, es posible que ni siquiera lo
encuentres.
Yo comprendí la inabarcabilidad
de los detalles históricos, cuando pasé media hora de charla con Cris, y
nuestros pies apenas recorrían 200 metros. El nuevo emplazamiento del obelisco
que está en el centro de la Piazza, el porqué y el quién, llevó un buen rato.
El descubrimiento de una placa antiquísima que pasa desapercibida otro tanto, y
la salida por Porta Flaminia de lo que antiguamente era la ciudad amurallada,
otro poco más. Nos fuimos a tomar un té a un bar pirata y nos pusimos al día (autobús
de ida y regreso 3 y 4).
A las 19 hacía una hora que el sol invernal se había escondido dejando a
los adoquines bajo el contraluz naranja de los faroles .Nos reencontramos con
mi compañero de viaje y tomamos 4 transportes para llegar a Pigneto (5, 6, 7 y
8); luego supimos que con uno bastaba. Nos alejábamos de la urbe, mirando aún
medio atontados la noche, la humedad circular de las luces enfatizando el
invierno y nos bajamos a tientas en una avenida de varios carriles y de
oscuridad amarilla. Agarramos por donde nos pareció, sin mapa, y ningún hindú
de los que estaban cerrando los negocios conocía Via Benedetto Bordoni.
Caminamos una cuadra larguísima, doblamos a la derecha, y luego a la
izquierda... Una señora que salió de un edificio, que nos vio bien perdidos y
no conocía la callejuela nos dijo 'venite che domandiamo a Ezio' (vengan que le
preguntamos a Ezio) nos llevó una cuadra más allá a un bar; Ezio era el dueño e
hizo el intento de explicarnos, él conocía la calle, y la empleada que era
rumana la buscó con su celular y nos dijo 'venite che vi porto io' (vengan que
yo los llevo). Nos acompañó retrocediendo una cuadra, y ahí estaba la
callejuela, pero ni pinta de que hubiese un lugar milonguero. En la dirección
indicada, en la espesura barrial de la noche, encontramos una entrada apenas
iluminada que decía Partito Rifondazione Comunista. Ella dice 'é chiuso' (está
cerrado) pero Iván intentó abrir la puerta de vidrio y esta cedió. Se abría
ante nosotros una escalinata iluminada con velitas, y por allá abajo vimos unas
personas detrás de un escritorio. ¿Acá se baila tango? preguntamos y ahí nomás
escuchamos la música que venía de un poco más allá.
¡Sí! ¡¡¡Acá se baila tango!!!
Nos recibió Francisco hablando en argentino (no en español, en
argentino) con un levísimo acento italiano. Nos dijo que era temprano, que
estaba la clase, que nos quedemos; nos contó que la milonga se organizaba todos
los miércoles desde hacía 6 años, y que se ponía buena a eso de las 23.30.
Pablo dio su clase y la gente cayó a montones según lo previsto. Unas 70
personas colmaron el lugar, la pista giraba y las sillas se llenaban de
abrigos. Mi primera tanda fuera de Buenos Aires se la llevó el profe. Y así la
noche milonguera se dejó disfrutar.
Cuando Juan llegó me sentí realmente aliviada. Nos había invitado a
dormir en su casa, era casi medianoche, no nos conocíamos y de sólo pensar en
volver a Ostia a las tres de la mañana me dolía todo el cuerpo. Y resultó que
Juan y Manuela viven a 10 minutos de la que luego se convertiría en 'la milonga
nuestra de cada miércoles', por la buena onda que se respira y que los
organizadores se encargan de transmitir.
Bailamos mucho y lindo. Yo sentía el cuerpo bastante descalabrado, por
el viaje, la jornada, el jetlag y la caminata por Siena del día anterior. Sin
embargo, era tan cálido el clima interno de la milonga, que me puse los tacos
nuevos y dale que va.
El ambiente me resultaba familiar, con pinceladas sutiles que me
despertaban de improviso en un mundo diverso. Las cosas son las mismas, pero
también no.
A las 3 de la madrugada nuestro anfitrión milonguero, Juan, nos invitó
un cappuccino y cornetti con nutella, alimento para el alma que me faltará en
otras partes del mundo, junto con sus amigos, que aún no lo sabía, se
convertirían en la bellísima geografía humana milonguera de mi paso por Roma.
Dormimos en el living bien calentitos donde al día siguiente desayunamos
al mediodía escuchando 'La niña del agua tiene de'scamas la cabellera...'
seguido de 20 Canzoni di Roma.
Nos sentimos como en casa; sin saber cuánto crecería nuestra amistad. Felices
y agradecidos, con el sol bien alto, emprendimos el regreso a Ostia. Hay que
descansar ¡que mañana hay milonga!
