Roma, febrero 2015
Martes tres de la
madrugada, carnaval de invierno. El panorama era grotesco. Un salón de
dimensiones exorbitantes completamente revestido en mármol; luces como
acuarelas rojas, sonaba una musiquita electrotangueada. Las máscaras
centelleaban en la pista, unas alas de ángel pretendían cierta sensualidad
destartalada colgando de un piernas largas de tragedia; a la endiablada se le
enredaba la cola mientras serpenteaba alrededor de un leopardo que la miraba
con la boca abierta; la señora del sombrero puntiagudo tentaba torsiones
imposibles a costa del trastabilleo de su compañero; el antifaz al que le
colgaban las plumas estiraba la pierna enfundada en brillos y la cabeza hacia
atrás; los cuerpos se movían torpemente y sin embargo gesticulaban grandes
sonrisas de gozo exagerado.
