Llegamos a Fiumicino, aeropuerto de Roma, el domingo 8 de febrero
por la noche. Nos recibe un invierno bonachón, luego de un viaje que comienza a ser anecdótico.
N°1 - Arribamos al chek in en Ezeiza y el
pibe nos dice 'compraron el pasaje en una agencia... te dieron 1 hora para
bajar del avión y correr a tomar el otro, están muy justos con el tiempo, les
mando las valijas directo a Roma, el aeropuerto de Barajas es grandísimo, van a
tener que correr'. Nos miramos con mi cumpa de viaje, asentimos con la cabeza,
y los dos supimos que estaríamos concentradísimos en tal misión. Llegamos en
horario al aeropuerto de Barajas, salimos bien apuraditos en silencio y a buscar
la Terminal 2 Puerta 81E. Nos topamos primero con el control policial del
ingreso a la Comunidad Europea. De todas las caras que se veían detrás de las
ventanillas, nos tocó la peor. Tipo grande, serio, de nariz alta y mirada
desconfiada. 'Pasaportes por favor. Y ustedes vienen de... Buenos Aires...
¿Y a qué vienen? a visitar amigos... ajá... ¿y traéis dinero encima?
ajá.... ¿cuánto en efectivo?... ajá... y tenéis tarjeta de crédito... y me
decís que venís a vivir a la casa de vuestros amigos... ajá... ¿y cuánto tiempo
se quedarán en Roma? ajá... ¿y a qué os dedicáis?... profesor de tango...
ajá... ¿Tai chi? ¿Practicas tai chi?... ¡yo practico tai chi! si, si claro,
desde hace unos años ya... pasen, pasen ¡buena permanencia en Europa!
(ffiuuuffff...)
Luego del control policial que tardó unos
10 minutos, tardamos otros 15 en llegar al chek in que estaba repleto de gente
y otros 10 en que nos atiendan (vamos sumando 35 pero ya tranquilos y
encaminados). En la fila conocimos a Sabrina, docente romana con un novio
Cordobés, con el cual mantenían su amor desde hace 10 años yendo y viniendo.
Cuando nos toca a nosotros, había un error con el pasaje, la empleada nos mira
con cierto terror y nos manda a la oficina de la compañía de vuelo a que lo
solucionen. Al trote nos fuimos, literal, con todos los bártulos. Nos
atendieron, resolvieron, volvimos al chek in y ya no había nadie. Faltaban 10
minutos para que cerraran el embarque y seguíamos demorados. Apenas nos dieron
la tasa nos echamos a correr. Yo no me había puesto medias (viajo con una
especie de pantuflitas), y con las zapatillas casi nuevas creé dos ampollas
flamantes en mis talones. Fueron 10 minutos tensos hasta llegar a la puerta,
fuimos los últimos en subir, y creo que los más felices.
¿Y la valija? ¿Y el pasaporte?
N° 2- Llegamos a Roma
dormidísimos. Bajamos medio zombis, fuimos en busca de mochila y valija, no
quedaba casi nadie en el lugar. Sale la de mi cumpa y La mía no salía, no
salía... doy un par de vueltas, corroboro si el lugar era correcto, me voy a la
mesa de informes. Me mandan a valijas perdidas. Vuelta va vuelta viene, allí
estaba. La confusión se había desatado porque cometieron el error de confundir
los identificadores de nuestros bultos. Volvemos a resolverlo a la mesa de
informaciones, necesitaban el pasaporte de mi cumpa... y el pasaporte no estaba
en el bolsillo, en la mochila, en la campera... no estaba. Lo mandan a buscar
al avión dos veces; tenía que estar ahí porque lo había usado para embarcar; 20
minutos de espera interminable, no estaba. Debíamos hacer la denuncia en la
poli, ir a la embajada, hacer uno nuevo... en fin. Salimos algo confusos, nos
encontramos con nuestro anfitrión que nos recomienda ir a casa y resolver al
día siguiente con tranquilidad.
Al otro día, ya más despiertos, apareció
el pasaporte. Estaba más cerca del portador de lo que pudiésemos esperar, en el
bolsillo de la camisa delante del corazón. Todos felices, fin de la historia.
Moraleja: concentración, paciencia y confianza (y un poco de
entrenamiento físico).